A Ti venimos en Procesión

 

En este mes morado, es propicio meditar sobre el caos en que esta sumido el Perú y tratar de entender el camino hacia un mañana mejor. En el sufrimiento del pueblo peruano de la actualidad, marcado por la inseguridad, la pobreza y la falta integridad en todos los niveles de la sociedad, desde el peruano de a pie a las más altas autoridades, podríamos ver un paralelo con la experiencia del pueblo judío durante su esclavitud en Egipto. En la tradición judía, la opresión en Egipto es vista no solo como un período de sufrimiento, sino también como un proceso de formación y purificación que llevó eventualmente a la redención. De manera similar, el Perú enfrenta un momento de crisis que, aunque doloroso, puede ser una oportunidad para reflexionar sobre las causas subyacentes de los problemas que aquejan al país y buscar una transformación profunda.

El Señor de los Milagros, venerado por millones de peruanos, es una figura central en la fe católica del país. Cada año, en octubre, miles de fieles salen a las calles para rendirle homenaje, buscando consuelo y esperanza en medio de las dificultades. Sin embargo, ante la crisis actual de gobernabilidad, pobreza e inseguridad en el Perú, surge una pregunta profunda: ¿Con qué derecho pedimos al Señor de los Milagros que resuelva problemas que, en buena medida, son el resultado de nuestras propias decisiones colectivas?

La situación que enfrenta el país es, en gran medida, consecuencia de un sistema político corroído por la corrupción, el clientelismo y la falta de compromiso ciudadano. La elección de malos gobernantes no es un fenómeno aislado; es un reflejo de la sociedad en su conjunto, una sociedad infectada por una costra purulenta de apatía, indiferencia y complicidad de los involucrados, que permiten que la corrupción prospere y que los intereses particulares se antepongan al bien común. Al no exigir rendición de cuentas, ni castigar la corrupción en las urnas y menos aún en el sistema de justicia, pervertido hasta la saciedad por gobernantes como Martín Vizcarra, nos convertimos en cómplices pasivos de un sistema que perpetúa la desigualdad y la violencia.

Pedir a una figura sagrada que intervenga y solucione estos problemas puede ser visto como un acto de fe, pero también de evasión. La devoción no debe ser un refugio para eximirnos de nuestra responsabilidad cívica. La fe auténtica implica un compromiso con la justicia social y con la construcción de un país mejor. No se trata solo de pedir milagros, sino de hacernos merecedores de ellos al actuar con coherencia y rectitud en la vida diaria, promoviendo cambios desde la base de la sociedad.

En lugar de esperar milagros que nos libren de la pobreza y la inseguridad, debemos asumir nuestra responsabilidad y ser agentes de cambio. Ello implica votar conscientemente, exigir transparencia a nuestros líderes y participar activamente en la construcción de una sociedad justa. Solo entonces tendremos el derecho moral de pedir al Señor de los Milagros que bendiga nuestros esfuerzos y nos ayude a alcanzar un futuro mejor.

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